divendres, 10 de febrer de 2012

MARCEL EN ELS PAÍS DE LAS HESPÉRIDES

Érase una vez, en un país no muy lejano, un pequeño duende de tierna mirada y sonrisa cómplice. Le habían prometido felicidad en el jardín de las Hespérides, allí donde, al borde del río Océano y muy cerca del monte Atlas, seria custodiado por las hijas de la Estrella de las Tardes. Estas ninfas, de dulce y melodiosa voz, custodiaban el jardín maravilloso, bucólico lugar de fuentes de ambrosia y árboles repletos de frutas durante todo el año. Por encima de todos, uno destacaba como monumento a la felicidad eterna: el manzano de los frutos de oro.
Al poco de nacer Marcel, y ante desespero de sus familiares y amigos, fue uno de los escogidos, arbitraria y pésima elección para una lucha desigual, injusta y de significado desgaste, por Ladón, el dragón de cien cabezas que guardaba las tan apreciadas manzanas doradas. Enviado por Hera para negar la felicidad prometida a unos, cada día más, su poder políglota le permitía mutar según condiciones. Cien cabezas, cien lenguas, cien formas distintas de atacar a su rival. 
El pequeño duende observó como poco a poco su cuerpo era sometido a ataques de barbarie desconocida por su enemigo. Ante la sorpresa de sus allegados, con el tiempo mostraba mayores signos de una debilidad llena de renuncias impropias a su edad. Tan solo con amor no era suficiente. Ladón había transmutado y, como ladrón cualquiera, se estaba apoderando de su cuerpo. Las tropas enviadas a la virginal sangre del infantil duende por el malvado de cien cabezas, aniquilaban al paso a sus pequeños Gnomos protectores. La singular astucia de los diminutos aliados de Marcel i la presciencia y conocimiento de los secretos para ayudarle, no eran suficientes. En cada batalla eran más los atrapados entre el ahogador envite de los súbditos de Ladón.
Tan solo quedaba enfrentar-se cara a cara al dragón. Escoltado por una gran cantidad de Hespérides de blanco vestuario, Marcel inició el largo y tormentoso viaje a la búsqueda de la manzana de oro que pudiera devolverle su infancia. Sus aliados iban a acompañarle en tan complicado viaje a la caza del elixir de retorno a la felicidad prometida.
La debilidad, de un cuerpo especialmente cándido, necesitaba de cuidados extremos por parte de las hijas de la Estrella de las Tardes que le acompañaban; sus padres, su familia aguardaban impotentes llenando de alaridos de ánimo cada paso. Ella, allá arriba, resplandecía mostrando el camino por el que todo debía transcurrir. El tesoro final era hermoso, deseado, pero el camino sinuoso no prometía salir airosas a las tropas del bien para salvar al pequeño Marcel. A pesar del reto no iban a rendirse ante el fragor de una guerra que se intuía agotadora y con la que iban a lidiar.
Tras largo viaje, cercado de amplias copas de árboles similares, el ejército divisó de repente un extenuante halo de luz áurea. Rápidamente aumentaron el paso, corrieron, el tiempo se acababa y era su última oportunidad.
Apareció tranquilo, apacible, ramoso, pleno de frutos deseados. Ni rastro de Ladón. Tal vez Hera, utilizando su bondad, ¿había retirado al malvado guardián? Marcel, armado únicamente de inocencia y ansias de vivir, empezó a andar estirando la mano con fuerza y voluntad infranqueable para alcanzar el preciado fruto, sinónimo de un retorno a la niñez plena.
De repente, y ante rugido espeluznante, la mano fue mordida por una de las cien cabezas, mientras las otras esperaban su turno. El cuerpo de Marcel notó un abrazo de despiadadas intenciones del monstruo. Le costaba respirar ante semejante presión, no era capaz de alcanzar la manzana dorada envuelto por semejante bestia. Cuando no era una la cabeza, era otra, una tras otra. Demasiado fuerte para caer derrotado por tan débil representante humano. Marcel mostraba valentía, pero la batalla era desigual.
Las Hespérides salían en su auxilio, pero no entendían las constantes mutaciones que Ladón ofrecía en forma de cabezas dispares. Exhaustos, eran presas fáciles.
De repente, en medio del espeso escondite de un matorral, apareció Andreu, su hermano. Llamado a batalla por amor, iba a entregar parte de él para salvarle. Nadie era consciente de su fortaleza, pero iba a donarle el bien más preciado para su posible recuperación total. Armado con semejante poder, de compatibilidad absoluta con Marcel, la derrota de Ladón estaba más próxima.
Juntos hicieron frente al ogro. Las Hespérides acompañaban el ataque. La consanguinidad de Marcel i Andreu, Andreu i Marcel, fundidos como uno solo, harán emerger nuevos Gnomos en el cuerpo del más débil, valiosos aliados para una victoria final contra Ladón.
La batalla continua siendo dura. Ellos luchan, el dragón insistirá en resistir. Marcel, postrado en el suelo cansado por la erosión en su cuerpo, continua elevando los brazos para llegar a coger el fruto gualdo de su salvación y enviar los restos de Ladón, como hizo Hera al verle derrotado por Heracles, al cielo, convirtiéndole en Constelación.
Marcel acabará siendo nuestro Heracles, y los médicos, cuales Hespérides actuales, acabarán con su cáncer de similitudes a Ladón. Ha de ser así, así será, esperanzados que así sea. Y en un tiempo no muy lejano todos los habitantes del jardín de las Hespérides podrán mirar al cielo y mirar una constelación de estrellas que ya solo será un doloroso recuerdo de un tiempo de lucha desigual, de crueldad excesiva, de sentidas despedidas. Nuestra manzana dorada cada día esta más cerca, aún la notamos demasiado lejana. Pero la esperanza de Marcel y los suyos, es la nuestra. Llegará un día en que Ladón habrá sido derrotado definitivamente.
Salud

2 comentaris:

  1. Jo tampoc tinc paraules!.. Les úniques que em surten davant de quelcom tant emocionat són!.....què la poma daurada aviat sigui a les seves mans!!!
    Abraçades pel nen, i per tots...

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Tan sols demano respecte, educació i tolerància.